BESTIA EQUÍVOCA
Carroza de flores encendía de noche
mi espada lunar. Forzaba sus cárceles mis aceros.
Se esforzaba en carrera de ida y vuelta,
conductor de caballos, animando el bello oro de sus látigos.
Azuzando el primero los guijarros, los del centro,
bajo el yugo de sus gritos
en solípedos flancos al cubo de su pura esencia,
contrarrestando sus crines
en abigarrados alazanes, rojizas
manos atando las correas hacia el sol
urdido en rayos que asesinaban sus vástagos
de pies veloces y reñidos volcanes, el sol
que sigue carraspeando el vino
de pura espuma rodeada en su semejanza, en cornisa
me sostiene su transferencia blanca. En igual de números
el emblema cáustico su impetuoso Aquiles
me flechaba el torso, en imágenes doradas
me auguraste la visión de dos corceles,
mientras se dormían belicoso sus placeres, los míos,
los de antaño imaginaban la forma,
la vasija de greda moldeando las aguas, el contenido
en sus límites. Llenando los bordes, surgiendo las palabras
en sus mareas multiformes.
Cuando niño me enceguecía el destello
casi animal
del revólver de mi padre,
y quería poseerlo en el oscuro subterráneo
de un cadáver. Era donde debía depositar
el energúmeno de mi fatal
desmembramiento.
Cuando las estrellas cambiaron de posición,
el hombre barbado despertó su llanto de rodillas, y esperó
que la más iluminada abriera su vestimenta.
No tenía dónde morar entonces.
No tenía dónde hurtar asilo
su enamorada permanencia entre los hombres.
Tuvo que resignarse ante el sucio
paredón de su esperanza. Tuvo que guardar su rostro
de las terribles Erinias. Tuvo que cerrar los oídos
ante su tormenta. Tuvo, ciertamente, que hurtar su cuerpo
del sagrado tábano que lo aquejaba.
Es terrible el atrevimiento armado
y cobijado en sus morrales
al descubrir la flota de tus archipiélagos en exceso,
enfrente cualquiera sus bárbaras argollas conservando
el recuerdo de todo su cetro reunido, ahora,
en apenas gotas de un diluvio mal cuidado
en la boca de todos los manantiales,
por el sueño se escapó gozoso
el ojo lírico del dios profano, manufactura cantada
por un puño cercano y tosco en su medida.
Involución de adrenalinas en el pasto
minotáurico y acuoso
de un coro de nodrizas, de la risa libérrima
que se sucede florida en el yelmo
de la púrpura fuente que da de plegarse
en su noctámbulo creciente.
Así se nos ecumenia el rapto de la ninfa rocosa, gélida
y sucinta en su volumen delirado.
Así es el robo paciente de la fruta dulce: en cualquier momento
te empecina el doblez adusto de tu solapa. En cualquier salto. En cualquier engaño, el corazón hecho de sus voces, nos delataría.
Se vuelve el peso, entonces,
sobre su propio vacío. Y en cuanto cae lo grávido
se desenvaina el silencio.
Lo que queríamos era el agua, el aire,
lo que fuera para calmarnos la pesadumbre
de nuestras órbitas. Llegó el otoño,
se abrieron en sequía nuestras venas,
haciendo salir el último hombre
de su sarcófago resoplando. Haciendo coincidir
el sol con la núbil presa de su gracia,
con el fosfórico desdén de su abstinencia.
Con esto no se absuelven las ambrosías de tus nervios,
con esto no se incrustan margaritas
en las aporías de tus gusanos eternales y plenarios…



