EL FRUTO EN SU PURO VERANO
Se arruga y se tensa. El diseño
observable de mi zapatilla
sostenido por un césped
humedecido. Lo demás
son fantasmas
a los que he tenido
que aprenderles el nombre
por alguna cortesía. Lo demás
serían accidentes, meras
palabras convertidas
en objetos
por cuenta propia. Por ejemplo,
tienes un geranio
a la deriva de tus cabellos,
y no te has dado cuenta. Es
porque tu corazón
es una bandeja
de cerezas no maduras,
y algunas maduradas
por el sol
de mi único silencio.
Y vas
muy solícita,
de árbol en árbol,
repartiendo tus riquezas. Es,
lo que diríamos,
una niña de abundancias,
una pupila verde, desprendida
de un antiquísimo recuerdo,
una calle
perdida de nostalgias.
No puedes
doblegar tu atención
ante tantos
que quisieron colgar
de tus labios. El río
se ve dos veces
en el mismo espejo.
Yo me viera triple:
en el mar.
Saca el pie, planta la planta, escucha,
me sobrepasa el cielo,
y lo dejan tendido
mis ojos. Qué cosa es la moneda
sino el anverso
de una mónada. La causa
que fue nacida
de todos los efectos,
y afectos
que me dieron por comida.
Qué busco
en esta casa. Todos
duermen y nada. Todos
aquí empiezan
y acaban mal.
El sol nunca sintió
su quemadura fresca,
su rosada
quemadura.
Abrumado de calor
te seguí como borracho
por calles blancas
de sol,
y mis pies
adquirieron
el sonido celeste
que más arriba
parpadea. Ninguna
carrera
pudo alcanzar
tu silueta, tu propósito
de ángel en fuga,
tu porvenir
azaroso
de golondrina.
Ningún vaticinio
supo
encender el paraíso
que conduce
a tu ciencia.
Sólo mis labios,
partiendo de los tuyos.



