LOS EXTRAVÍOS
Esperé que la sangre bajase a los pies y me concediecen
correr en aquel largo pasillo de humedad intensa. Doblé mi tobillo
y todo adquirió en mí una vida sin esfuerzo. La armonía escondía
raíces imprevisibles de donde se agarraba la luz recién nacida.
El sol, pegado a la ventana con engrudo, era un lucero menor a mis
disposiciones de ánimo. Tuve que correr las cortinas de mi conciencia
y nadar lo poco que permitía la densidad encendida, la duración.
Afuera y dentro había el mar que podíamos correr sin atarnos.
La intuición se concilia con el motor que nos viene de un fondo
plateado sin mancha, casi blanco, y eso permite en gran medida
que se toquen los cuerpos interiores que son el puedo y el soy,
el ojo que asedia la carroña y la transforma en una copa de diamantes,
eso es el Uno que se devora con gusto a sí mismo a través
del espejo trizado de su visión, o la lengua visual, o el cementerio
blanco de azufre.



